El cine como espacio de disputa


Realizar un festival como Fidig Cine en el contexto sociopolítico que atraviesa hoy la sociedad no implica únicamente asumir una tarea de programación; supone, ante todo, tomar una posición ideológica y cultural. Desde su nacimiento, hace un año, y con un formato mucho más pequeño, el festival se pensó como un espacio donde el cine no funciona solo como entretenimiento ni como mercancía, sino como práctica social capaz de intervenir en los debates de su tiempo.
En ese sentido, esta segunda edición no hace más que reafirmar esa convicción inicial y, al mismo tiempo, ampliarla a más sedes como Cinépolis Plaza Houssay, el Centro Cultural de la Cooperación y el auditorio de la embajada de Brasil en Buenos Aires.
Se decidió abrir el festival con 300 Cartas, de Lucas Santa Ana, y cerrarlo con Solo fanáticos, de Leo Damario, dos películas independientes argentinas, como una forma de respaldar al cine nacional en el contexto que hoy atraviesa. Mientras la primera revisa los modos en que construimos nuestros vínculos y el deseo; la segunda desplaza la mirada hacia las tensiones entre cuerpo, poder y comunidad. Al ubicar dos producciones locales en los extremos de la programación, el festival fija una posición política frente a la situación actual del sector y refuerza su línea curatorial.
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En esa misma línea, la presencia de Brasil como país invitado amplía la conversación. Los cuatro títulos seleccionados dialogan entre sí desde perspectivas diversas y, a la vez, complementarias. Ato Noturno, de Filipe Matzembacher y Marcio Reolon, cruza identidad y exposición pública; Baby, de Marcelo Caetano, examina relaciones atravesadas por asimetrías de poder; A Natureza das Coisas Invisíveis, de Rafaela Camelo, introduce una mirada sobre la infancia y la fragilidad; y Apenas Coisas Boas, de Daniel Nolasco, vincula deseo y territorio en un entorno rural. Además, el apoyo de la Embajada de Brasil y del Instituto Guimarães Rosa consolida este puente regional en un momento en que los intercambios culturales adquieren un valor estratégico.
A su vez, la Muestra Internacional incorpora nuevas geografías y otras capas de lectura. La misteriosa mirada del flamenco, de Diego Céspedes, articula identidad y memoria histórica; Maspalomas, de José Mari Goenaga y Aitor Arregi, indaga en el retorno y en la gestión íntima de la identidad en la vejez; My Boyfriend el fascista, de Matthias Lintner, introduce la grieta ideológica dentro del vínculo afectivo; y Tres kilómetros al fin del mundo, de Emanuel Pârvu, aborda la presión social en un entorno marcado por tradiciones y expectativas familiares. En conjunto, estas obras demuestran que el cine Lgbtiq+ no se limita a una etiqueta, sino que dialoga con la historia, el territorio y las disputas simbólicas de cada comunidad.
En paralelo, la competencia internacional de cortometrajes confirma esa expansión. Animación, documental, ficción y experimental conviven en un espacio que funciona como laboratorio de lenguajes. Las obras seleccionadas –realizadas por cineastas de Argentina, Brasil, México, Italia, Uruguay, Guatemala, Canadá y España– evidencian que la diversidad no es una categoría cerrada, sino un campo de exploración formal y política en permanente movimiento.
Del mismo modo, el Panorama Argentino de Cortometrajes refuerza la apuesta desde el territorio local, visibilizando colectivos y realizadores que trabajan sobre género y comunidad desde perspectivas múltiples.
Allí, el formato breve permite ensayar preguntas urgentes y sostener miradas que, casi siempre, quedan fuera del circuito comercial.
Sin embargo, Fidig Cine no se reduce a la exhibición. También se piensa como espacio de debate y reflexión. Las charlas sobre mujeres en la historia del arte y sobre la coyuntura del colectivo Lgbtiq+, a cargo de especialistas e investigadores, amplían el campo de acción hacia la discusión crítica. Así, el festival no solo proyecta películas, también propicia encuentros, habilita conversaciones y construye cruces entre público, artistas y actores del campo cultural.
En un contexto en el que los recortes han impactado sobre el cine independiente y sobre las propuestas que trabajan la diversidad, sostener este espacio adquiere una dimensión particular. No se trata simplemente de programar títulos inéditos, sino de garantizar circulación, acceso y diálogo. La pantalla compartida, entonces, se convierte en territorio común.
Con todo, Fidig Cine busca consolidarse como punto de referencia para la comunidad cinematográfica y para quienes entienden que el audiovisual es una herramienta de transformación cultural.
En tiempos de tensiones, la pluralidad no se declama: se ejerce. Función tras función, película tras película, conversación tras conversación.
El desafío, por lo tanto, es sostener esa trama. Porque si el cine puede ser memoria y también imaginación, el festival es el espacio donde ambas dimensiones se encuentran.
Allí, en esa pantalla compartida, no solo se organiza una programación: se pone en juego la posibilidad de seguir discutiendo qué miradas queremos habilitar y qué relatos estamos dispuestos a escuchar.
*Director de Fidig Cine
Fuente: www.perfil.com



